Aquí estoy. En Bruselas, capital de un país llamado Bélgica, extraño y sorprendente. Aterricé aquí hace justo una semana, tiempo suficiente para hacerse una idea aproximada del hábitat en el que uno va a moverse durante los próximos meses o años, quién sabe. Hace tiempo aprendí que no somos dueños de nuestro destino. Pretender lo contrario, sería un acto de soberbia humana. Pecado capital.
¿Cómo enfocar este espacio? No es tarea fácil. Por una parte, el autor del mismo soy yo. Por otra parte, quien salió elegida en las pasadas elecciones del 7 de junio es Rosa Estarás. Creo que les va a interesar más la actividad de la diputada Estarás que la mía propia. No obstante, hablaré de mí, o como diría Ortega, de mi circunstancia. Es inevitable. Aún así, prometo no caer en la egolatría. No tengo ego y conforme a tal actuaré.
De la mano de Rosa Estaràs llegué aquí. Soy sólo una pequeñísima parte de una institución llamada Parlamento europeo o Eurocámara. 783 diputados conforman el núcleo duro del Parlamento, alrededor de los cuales gravitan asistentes, traductores, periodistas, personal de servicios, personal de seguridad, etc. En total, unas 5000 personas.
De ahí mi imposibilidad de juzgar de un modo global.
Como es de suponer, habrá personas hacia las que voy a sentir mayor o menor simpatía, así como actitudes y comportamientos que, a mi parecer, serán más o menos ejemplificantes. Pero nunca voy a caer en el error de juzgar de manera global (los europarlamentarios son tal, el personal de seguridad es cual,…). Esta es una de mis empresas: dignificar el ejercicio político y la vida pública en general (y no en el sentido que lo hizo una famosa socialista para justificar su aumento de sueldo…)
No podemos criminalizar la actividad política, puesto que de lo contrario convertiremos en sospechosos a todos aquellos que manifiesten públicamente su intención de dedicar a ella su trabajo. Si realmente creemos en la política como único mecanismo posible para transformar la realidad sin recurrir al uso de la violencia, no podemos actuar de modo contrario. No se pot estar amb Deu i amb el dimoni. Obviamente ello no es incompatible con denunciar cualquier situación que sea, a mi parecer, deleznable, inapropiada o directamente digna de reproche. Noblesse Oblige.
Por último, agradecer a Rosa Estarás la confianza depositada en mí, a todos y cada uno de los lectores de este espacio (la palabra blog me sigue pareciendo rara) y, cómo no, a Miquel Cerdà, sin cuyo trabajo de formateo y publicación estas parrafadas no serían posibles.
C’est parti!
Guillem Martorell
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